Luka Magnotta

Normalmente, cuando nos metemos a bucear en el catálogo de Netflix, buscamos películas o series de ficción potentes, pero de vez en cuando acabamos “tropezando” con documentales que nos sorprenden, aunque su título no parezca ser lo más espectacular del mundo. Tal es el caso de A los gatos, ni tocarlos (nombre en castellano del más contundente Don’t F**uck With Cats de la versión original), un documental true crime que, precisamente, está muy relacionado con bucear en internet.

Para los que no lo sepan, los documentales true crime cuentan historias de crímenes reales, narradas a través de declaraciones de personas implicadas en ellos. Los misterios se van sucediendo hasta que poco a poco llegamos a algún tipo de resolución.

Netflix ha tenido representantes estupendos en este apasionante género, como el famoso Making a Murderer o The Keepers. Lo cierto es que el formato se ha explotado mucho últimamente, hasta el punto de que la propia Netflix ha lanzado una parodia llamada American Vandal. Ahora, A los gatos, ni tocarlos da un nuevo giro al concepto, aunque para entenderlo del todo, tendremos que esperar hasta el final…

El documental gira en torno a Luka Magnotta, un actor de películas para adultos gays, que cometió diversos delitos, entre ellos el asesinato de Lin Jun, un residente que conoció una noche y decidió descuartizarlo.

Esta miniserie documental solo consta de 3 capítulos (de una hora cada uno, eso sí) y, en ellos, se cuenta la historia de un pequeño grupo de Facebook que se une por un triste origen: todos vieron un video snuff viral en el que un desalmado tomaba a un par de gatos y los mataba ante la cámara de una forma terriblemente cruel.

Los miembros del grupo deciden colaborar entre sí para buscar pistas en el video que puedan servir para encontrar la ubicación del asesino. A medida que van buceando más en el perfil y la posible ubicación de Luka Magnotta, el principal sospechoso, descubren una personalidad extraña y calculadora, que juega al gato y al ratón con ellos y cada vez parece llevar a cabo comportamientos más graves…

El arranque de la historia es solo la punta del iceberg de un “curriculum” de crímenes que cada vez mortifica más a los miembros del grupo. A los gatos, ni tocarlos nos va llevando, únicamente a través de las declaraciones de los investigadores, por una investigación más y más compleja, hasta el punto de que, a veces, nos cuesta creer que lo que se nos cuenta sea real.

A fin de cuentas, si el tal Luka Magnotta de verdad hizo cosas tan terribles como las que se nos narra, ¿cómo es que no lo hemos visto en las noticias? El documental de Netflix va lanzándonos órdagos que nos hacen pensar si hay más de una persona detrás de todo, si parte de lo que sucede no es cierto o si, simplemente, los miembros del grupo de Facebook están yendo demasiado lejos con una investigación que comienza a afectarles en lo personal.

Hay un montón de recursos que nos van atrapando poco a poco en la historia, gracias a un montaje enormemente preciso y una investigación concienzuda, que nos muestra al milímetro las conversaciones que tuvieron lugar en cada fase de la investigación y cómo, a base de escudriñar al milímetro los planos del “vídeo prohibido”, es posible encontrar ubicaciones a miles de kilómetros de distancia. Planos detalle de conversaciones de Facebook o videos de Youtube hacen que sintamos como nuestra la investigación y que un icono de “mensaje nuevo” en Facebook nos parezca maná caído del cielo.

La música también consigue que tengamos el corazón en un puño cuando se van acercando descubrimientos clave de Don’t Fuck With Cats. Quizá, a veces, se pasa de melodramática, pero ahí está parte de la gracia. Aun así, por muy bueno que sea el mensaje, lo que más nos atrapa es la aparente personalidad de Luka Magnotta, el supuesto criminal.

Su historia de narcisismo, perversión y provocación constante a sus perseguidores (parece lanzarles pistas constantemente, sabedor de que no podrán atraparlo) nos hace querer saber más y más sobre él. El documental de Netflix nunca muestra imágenes explícitas (tranquilos, no veréis sufrir a los gatos), solo las narra, pero únicamente con eso consigue despertar una morbosa admiración en el espectador, que necesita saber más y más. Todo ello estalla en el demoledor epílogo de la historia, que te tendrá dando vueltas a su conclusión durante un buen tiempo. A todos nos gusta mirar, pero… ¿Cuál es el precio que pagamos realmente?